El Yo, una mirada evolutiva - entrada del blog de Yoga Castellon | RedGFU España

El Yo, una mirada evolutiva

En esta entrada de hoy, Antonio Sellés, nos proporciona una visión diferente sobre el concepto del yo en forma de narración personal.

Estoy sentado en un pequeño restaurante de un centro comercial en las afueras de una ciudad cualquiera. Los nuevos modos de la pandemia se reflejan en la poca afluencia de público a estas horas de tarde.
Solo una mesa cercana está ocupada por una madre joven que cena con su hija. La niña pronto abandona la mesa y se pone a jugar en un pequeño parque infantil. Cerca, en un banco solitario otra madre, tocada con un jihab, mira a sus dos hijos pequeños que también juegan en el parque.

Los niños se mueven por los aparatos mecánicos, se retan a subir por las barras y plataformas cada vez más alto, se persiguen, se tocan, ríen juntos mientras corren en sus juegos, en sus ojos brillan la inocencia y el placer de encontrar compañeros de diversión. Miro la escena absorto, recordando situaciones similares en que mis hijos y ahora mis nietos han vivido y vivirán sin duda.

Las madres en cambio están separadas. Las separan unos metros, pero también algunos abismos: la lengua, la religión, las costumbres, la raza, unas mascarillas. Ellas no hacen nada juntas, ni juegan, ni corren, ni se tocan, ni siquiera cruzan una mirada cómplice que permita entrever un contacto. Están solas.

El Yo como observador

Un observador situado en la cultura, en el momento, en el lugar, no se asombra por algo tan cotidiano. Pero hoy me sitúo en otro punto de vista, como un observador, ajeno o externo a lo que pasa. Así se manifiesta un misterio, veo manifestado en este cuadro una evolución de la persona desde una inocente unidad, hacia un individualismo alienado. El niño nace unido a la madre y genera relaciones desde esta modalidad, se une al otro con toda naturalidad. Y, poco a poco, va creando su peculiaridad, su modo particular de ser, o de expresar el Ser universal. Es un camino de aprendizajes y también de olvidos. Aprendemos a tener, a apropiarnos, a distinguirnos y a usar todas las herramientas del organismo que habitamos y de la cultura en la que participamos, del gran organismo. Perdemos la espontánea unidad.

Y es en ese camino de expresar, donde cada uno de nosotros se siente especial, distinto. Y en ese ser distinto en el que construimos un Yo poderoso, un yo que define al mundo, que le da nombre a las cosas, que les coloca una opinión, una interpretación propia, un Yo afirmado en sí mismo,
frente al mundo, frente a los demás.

Y nos sentimos diferentes

Así, el otro va tomando la apariencia de una amenaza a nuestra individualidad, porque también el otro está convencido de su visión del mundo, de su peculiar interpretación y también está afirmado en sí mismo. Por eso nos da la impresión de que lo distinto pone en peligro lo propio, lo
cuestiona. Y si la posición del otro existe…, si fuese válida…, entonces… ¿que ocurrirá con la mía?

De este modo, unas creencias, una religión se opone a otra e intenta demostrar que es la verdadera. Por ello, una opinión, una cultura, una cosmovisión, un modo de entender el mundo y al ser humano en su contexto, se enfrenta a otra. Y es de esa manera como se enfrentan los países, las regiones, los pueblos y las familias, se generan conflictos entre partidos políticos que representan modos de pensamiento e ideas para solucionar problemas.

El enfrentamiento es la reacción ciega de un Yo asustado.

El miedo al otro llega hasta lo más íntimo, la pareja y la familia, incluso hasta el interior del propio pensamiento. Y nos protege, pero nos aísla, nos hace buscar la pureza (que no es más que una expresión absurda de nuestra forma de ver las cosas), pero nos deja solos, separados, ajenos.
Pero hay otro camino para enfrentar este fenómeno, se trata de la vuelta a la unidad primordial, pasando por el tránsito de la conciencia individual, de la madurez. Ahora ya no es una unidad inocente, basada en la identificación o la dependencia. Es una unidad que considera las
partes, que las acepta e integra, que no niega la existencia del Yo, de muchos Yos, verdades parciales que conforman una Verdad de orden superior, expresiones particulares de un Ser que reúne a los individuos que se sienten seres, de una Vida que engloba todas las formas de vida.

Es un reto de la edad madura en las personas, quizá lo sea analógicamente de la madurez de las organizaciones, de la madurez de la humanidad. Un reto porque se trata de apoyarse en el Yo sin negar al Otro, se trata de ver el bien común sin olvidar las propias necesidades, de buscar una Verdad que, sin el otro, solo es una pequeña verdad.

La expresión de la Unidad

Se trata en definitiva de dejar de mirar el mundo únicamente desde mis sentidos, mis sentimientos y mi aparato cognitivo. Incluir otros puntos de vista, los sentidos de los demás, las emociones de los demás (que completan nuestra propia emoción) y, todavía más difícil, las opiniones de los demás, pensamientos elaborados en un cerebro distinto al nuestro, con otro
funcionamiento y con experiencias distintas a las nuestras.

Esta es la mirada del abuelo, del anciano, del sabio. Del que ve en cada niño una expresión de la continuidad de la vida, no ya una prolongación en la estirpe (una proyección del yo); de aquel que entiende la variedad de un grupo como una expresión de la natural evolución y no como un peligro; del que intuye el conflicto interno como la expresión del amor que intenta la Unidad.

Antonio Sellés

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